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QUINCEAÑERA

19/09/2010

En confianza, que alguien me explique antropológicamente de dónde mierda sale esta tradición insufrible del quinceañero.  Para empezar, una quinceañera no es ni remotamente cercana a ser una “mujer” (olvídense si menstrua o no…las que quedan embarazadas a los 13 también menstruan y siguen siendo niñas).  Para seguir, no, el quinceañero no es el momento “más importante de su vida”.  Todavía le falta hacer la boda espectacular y tener los niños espectaculares para los cuales hará un baby shower espectacular.  Todos esos son candidatos a “mejor día de su vida”.  (Ojo, no así el divorcio espectacular)

Pero siguiendo con la fiesta de quince.  Lo peor de todo es celebrar la adolescencia.  Si pudiera borrar alguna etapa de mi vida sería esa (y no voy a explicar por qué).  Pero lo del quinceañero es el colmo.  El traje cuasi de novia, el maquillaje y peinado, la música de moda (que siempre es super comercial y movida porque imagínense una quinceañera bailando al son de Keith Jarrett), la disputa entre las chicas cool populares y las no cool no populares que no son invitadas a la fiesta super cool y popular en algún Club de Leones u Hotel o Country Club, los regalos  (que en esta época deben ser de tipo carteras Louis Vuitton), etc. etc.

Existen también los cruceros que las agrupan a todas y les preparan una fiesta a bordo navegando por el Caribe super tropical y paradisíaco.  El que tuvo la idea de juntarlas a todas fue un genio.  El que no las tiró por la borda es un soberano imbécil y alguien que pudo salvar esta nación y no aprovechó la oportunidad cuando se la dieron.

A veces, secretamente, planeo la exterminacion de las quinceañeras y sus quinceañeros pero después la llaman a una intolerante, nazi, y cosas así.  Les voy a dar una oportunidad porque todavía tienen tiempo para convertirse en seres pensantes y útiles que, con suerte, no van a tener una boda pomposa ni llamativa ni hijos bautizados con trajes  blancos y lazos en la cabeza.

Nota del videíto de la novela: a mí gustaba el protagonista.

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5 comentarios leave one →
  1. gatuna permalink
    19/09/2010 10:58 p09

    Vale la pena recordar, también, las “damitas” de los quinceañeros. Todas llevaban vestidos igual de ridículos que la honrada en su día, si bien no tan voluptuosos. Debo confesar que yo fui una de esas damitas y que, “oh, horror!”, hube de llevar un vestido dorado (sí, completamente dorado). Éramos 14 damitas, todas de dorado, cual si fuéramos lucesitas que encendían el camino por donde la quinceañera pasaría. Y, para colmo, los “caballeritos” estaban vestidos como marines… Eran de una escuela militar. Levantaban sus espadas al aire por debajo de las cuales pasaba la quinceañera. Eso sí, jamás olvidaré todo aquel espectáculo cuasi boda que, para colmo, culminó con el divorcio esa misma noche: la quinceañera y su chambelán se dejaron. Sniff, sniff. Así que, vía express, tuvimos quinceañero-boda-divorcio, todos en el día más especial de su vida.

    • 19/09/2010 10:58 p09

      bueno, eso del traje dorado es un quinceañero “sui generis”. para otro post dejo las categorías de quinceañeros que no por ser una fiesta estúpida y sin sentido deja de tener su lógica y jerarquía.

  2. Mayra permalink
    19/09/2010 10:58 p09

    Yo no tuve quinceañero.

    Okay, me fui de crucero. Pero no hubo fiestón ni desfile ni nada. En realidad me la pasé todo el viaje con mi mamá (quién sigue siendo una de las mujeres más “cool” del planeta) y no me arrepiento para nada de no haber hecho la gran fiesta en Brava con el bizcocho de cuatro pisos y el DJ de La Mega (ejemplo basado en una historia real).

    La tradición más estúpida de los quinceañeros tiene que ser la pendejada esta de cambiar las sandalias “de niña” por los tacos “de mujer” en frente de toda la fiesta, así como lo de sacarle la liga a la novia. Yo me quedo con mi crucerito por las Islas Vírgenes, gracias y adiós…

  3. gatuna permalink
    20/09/2010 10:58 p09

    Por cierto, la novela quinceañera salió justo cuando yo cumplía quince años. Mis amigas y yo jodíamos de que podíamos, por fin!, usar “bracieres”, afeitarnos las piernas y, por supuesto, soltarnos los moñitos de los pelos. Eso sí, cantábamos a coro la cancioncita. Era un relajo.

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